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El miedo es una sensación desagradable que también pueden sentir los directivos en su puesto. No hay que asustarse, superar los miedos es algo indelegable.

Uno de los objetivos de todo profesional es llegar a lo más alto. Cuando ocurre, se abre un conjunto de incertidumbres que tardan en ser asumidas y asimiladas. En la tradición oral de Latinoamérica existe la atribución de un tipo de enfermedades a padecer susto, a estar asustado. Para estos pueblos, el ser humano enferma como consecuencia de vivir una experiencia perturbadora o aterradora. Entre los indios existe la creencia de que el “susto” acontece producto de un desequilibrio en el entorno, como resultado de un episodio donde una persona es incapaz de cumplir las expectativas comprometidas.

El miedo que sienten los directivos

El estrés es consecuencia de la aparición del susto, aunque la causa principal es la reacción de miedo ante un suceso importante para el asustado. El miedo es una emoción desagradable y fuerte, causada por la conciencia de un peligro, una perturbación angustiosa del ánimo provocada por un riesgo o mal que amenaza real o ficticiamente al sujeto. A menudo se confunde con el estrés o con la ansiedad y en palabras de Edmund Burke “ninguna pasión elimina tan eficazmente la capacidad de actuar y razonar de la mente como lo hace el miedo”. Y así, resulta ser una emoción negativa y, en ocasiones, inevitable; todo el mundo lo experimenta, incluidos los directivos. Ello es debido a que, alcanzada dicha posición, el puesto no unge inmediatamente a la persona dotándola de poderes para el ejercicio correcto de la dirección. Tratemos de explicar en qué consisten estos temores.

El primero ocurre en el momento de ocupar el puesto es el miedo a la toma de decisiones. Habiendo llegado, se supone que hay que decidir, una atribución propia de este nivel de responsabilidad. Pero la fatal realidad es que nunca existe seguridad ni de haber tomado la decisión correcta ni sobre el resultado final. Como consecuencia, aparece el miedo, tanto por la decisión misma como por el conjunto de actuaciones emprendidas, convirtiéndose el hecho de obtener resultados en un condicionante reiterado.

El miedo al fracaso

Y aún lográndolos, pasado un tiempo, acecha el temor al fracaso. El éxito es un supuesto y esquivo amigo, que no permanece constante a nuestro lado y que puede incluso abandonarnos. Este miedo reúne los temores ante la humillación, el ridículo y la pérdida del respeto por parte del entorno; además siempre se presenta asociado al temor a las represalias. Constatar las servidumbres del puesto genera el miedo a la verdad. Por una parte, supone la implacable certeza de no ser el mismo que antes y, por otra, verifica que los demás ya no te cuentan la realidad, llegando, en ocasiones, a no aceptarse la verdad de los hechos debido a la desconfianza.

Un par de temores últimos perduran durante todo el tiempo, como perder el control, propio de la función, sobre todo cuando se comprueba que los resultados se obtienen a través de los demás. De esta revelación surge el último compendio de todos los apuntados, que es el miedo al futuro. Este temor aúna tanto el susto personal ante lo inmediato del horizonte final en el puesto como la ansiedad por el logro de resultados de los que depende su continuidad.

Resulta inevitable tener temores, estrés y ansiedad y la virtud contraria sería la valentía, que no supone ausencia de miedo sino una actitud de superación del mismo. Si se confunde con la temeridad supondría únicamente una actuación individual. Pero se necesita un reequilibrio con el entorno a través de una redistribución de la energía de relación. Tres son los elementos para lograrlo: primero, el uso de la compresión, fundamentada en la respuesta rápida a las preocupaciones de los colaboradores; liderar implica entender que las empresas están compuestas por personas. Segundo, generar confianza mediante la comunicación abierta, el manejo de la perseverancia y la paciencia, así como el incentivo de trabajar en equipo. Y el tercero es el diseño de un rumbo común, un horizonte compartido que sirva para unir.

La próxima vez que le ofrezcan un puesto directivo piénselo bien. No se asuste; superar sus miedos resulta algo indelegable. Y recuerde la socorrida frase de Franklin D. Roosevelt “lo único a lo que debemos tener miedo es al miedo mismo”. Aunque para frases célebres la de nuestro recordado Antonio Fraguas “Forges”:

Javier Pedraza García

Javier Pedraza García

Senior Consultant

El desarrollo y dirección de grandes proyectos en el campo de las energías renovables y la integración de la tecnología y las personas en ellos son mis vectores de desarrollo profesional. Apasionado de la gestión, la comunicación y la dirección, soy Ingeniero en Automática por formación, doble MBA por pasión y curioso naturaleza.

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